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El profesor Miguel Guadiana Ibarra escribió una monografia muy completa de Sabinas Hidalgo, en la cual plasmó hechos históricos, biografías de sabinenses destacados, y la geografía de nuestro pueblo.

Además de lo anterior, publicó leyendas conocidas por nuestros antepasados las cuales les presentamos a continuación.

La Mina del Indio

Como a unos trescientos o cuatrocientos metros del nacimiento del Ojo de Agua por la margen derecha, existe un arroyo llamado “El Arroyo del Tío Pereyra”.

El Origen del nombre viene del siguiente modo: Cuentan nuestros tatarabuelos y abuelos, que hace muchos años, allá cuando se exploraba en gran escala las minas de la Iguana y de Vallecillo, y cuando el “Mineral de Santiago de las Sabinas” contaba con un rudimentario horno fundidor, había un indio apellidado “Pereyra” que trabaja en uno de estos minerales y, al ponerse el sol, partía de la mina acompañado de su esposa que montaba un paciente asno, que además de cargar a la india que era bien pesada, llevaba sobre sus lomos un morral a cada lado del fuste que contenían los lingotes de plata que el indio se robaba.

Hombre y mujer llegaban al lugar donde el arroyo antes mencionado se juntaba con la corriente del río; allí se quedaba la india y el hombre algunos cientos de pasos con rumbo al sureste donde tenía cavada una especie de cueva al nivel del suelo que era tapada con toda discreción por una piedra laja.

Al morir el indio, su mujer denunció a los vecinos el escondite; pero sin poderles precisar el sitio exacto donde estaba enterrado el tesoro y sólo les dio el rumbo por donde oía los golpes del talache cuando “Tío Pereyra” trabajaba para hacer la excavación. Pasó algún tiempo sin poder encontrar el tesoro y sólo después de muchos años dicen que algunos dieron con la cueva que encerraba el tesoro consistente en muchos lingotes de plata encontrándose dentro de la cueva el talache y la pala que servían al indio para hacer el trabajo; nada más que quienes encontraron la fortuna pusieron algunas señas para volver por el codiciado metal y al regresar las señas habían desaparecido junto con el tesoro en forma misteriosa.

Muchos aseguran que el tesoro existe pero que encontrándose la cueva al pie de la sierra, los derrumbes de la misma taparon la famosa piedra que servía de entrada a la cueva quedando de esta forma sepultado el tesoro.

Algunos carreteros que viajaban con metal de Sabinas a Villaldama, dicen haber visto una lumbre que se levanta en medio de la oscuridad de la noche con dirección a donde creen se encuentra “El Tesoro del Tío Pereyra”. Para mí, que oí de labios de los viejos este relato, no pasa de ser una leyenda de esas que no faltan en los pueblos.

La mujer aparecida y la bola de lumbre

En el temporal de don Tomás Mireles se aparece una mujer. Era muy frecuente oír esta expresión de los carreteros que viajaban a La Pachona para traer metal y cada quien contaba la aparición como la había visto, de esto les voy a pasar dos versiones al costo tal y como me las contaron.

Para ir a la mina se salía por un camino carretero que estaba trazado entre temporales hasta juntarse con el camino real al pasar el arroyo La Morita. Al salir del pueblo y a unos mil metros está el temporal de don Tomás Mireles, los carreteros casi siempre salían de noche o de madrugada para no sentir los rigores del sol y que las yuntas no sintieran pronto el cansancio. En una de las noches que estaba muy oscura y como queriendo llover, salieron con su tren de carretas, Jesús y Toño, cada uno de ellos manejaba dos carretas, las disponían en la siguiente forma: la primera iba sin quien la dirigiera pues los bueyes sabían de sobra el camino, en la segunda que correspondía a Jesús así como la primera iba él dirigiéndola, la tercera y la cuarta era las de Toña, viajando él en la última. Antes de llegar al temporal de don Tomás vieron levantarse una bola de lumbre que cruza el cielo en dirección a la sierra donde queda el rincón de “Los Pelillos”, la siguieron hasta perderse de vista, Seguramente esto hizo despertar en ellos ciertos temores y siguieron viendo cosas misteriosas que al juntarse cada quien se contó pues como dejé expresado cada quien iba en su carreta habiendo de por medio una de ellas que no llevaba piloto por lo que es de suponerse que los separaba una regular distancia; al amanecer hicieron parada para chamuscarle a las yuntas y almorzar ellos, desarrollándose el siguiente diálogo: empezó Toño preguntando:

—Oye Jesús, ¿qué viste anoche cuando veníamos?

—Pues antes de llegar al temporal de don Tomás vi que se levantó una bola de lumbre como del tamaño de una naranja y se me perdió en el rincón de “Los Pelillos”.

—Si vieras que yo también la vi, dijo Toño, pero además de esto ¿Qué otra cosa viste?

—Pues que al enfrentar a la puerta del temporal de don Tomás estaba una señora con falda blanca y blusa negra levantando una de las trancas para salir; pero después no la volví a ver. ¿Tú no la viste? Preguntó Jesús.

—Pues si vieras que sí. Había pasado unos 50 pasos de la puerta cuando sentí un ruidito y volteo y los primero que veo es un bulto como de mujer vestida de negro y blanco, ésta se pasó por un lado mi carreta adelantándose hacia donde iba mi primera carreta hasta el arroyo de “La Morita”, en ratos me daban ganas de invitarla a subir a la carreta para que no fuera a cansarse, pensando que sería alguna señora que iba a la mina; pero el miedo no me dejaba hablar. Cuando se desapareció en el arroyo me dio más miedo, quise dormir varias veces pero el pensamiento de la mujer aparecida no me dejaba conciliar el sueño.

—Es que en el temporal de don Tomás hay dinero enterrado, dijo Jesús.

—Ya me había platicado Margarito de que en ese tramo se aparecía una mujer, replicó Toño, ya van varios que la ven.

En otra ocasión salieron Pedro y José María en una carroza para traer una mujer que había muerto en la mina, por falta de un médico que la atendiera al sanar de un niño; salieron como a las diez de la noche de Sabinas, pues habían recibido la noticia muy tarde y era urgente amanecer con el cadáver de regreso para aprovechar el fresco de la noche y evitar su descomposición.

Al pasar el arroyo de “La Morita”, que antes he mencionado, vieron levantarse sobre el camino una llamita, como quien empieza a poner lumbre, pero al acercarse notaron que caminaba como a unos 25 pasos de distancia y se veía como que llevaba en la mano un cigarro encendido pues nunca dejó de moverse un punto luminoso; el caballo que tiraba de la carroza quiso pararse varias veces y hasta hubo de pegarle en algunas ocasiones para que caminara.

El miedo que infundió aquello a Pedro y José María fue indescriptible y más aún al regreso, que tuvieron que decirle a los dolientes que se quedaban hasta el amanecer, pero el deber los obligó a regresar.



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