Recientemente leí un artículo llamado ¿Para qué sirve un historiador? escrito por Justo Serna y publicado el 3 de mayo de 2012 en el prestigioso diario español llamado EL PAIS. A partir del mismo haré una analogía entre la función que realiza el historiador en comparación con la labor que realiza el cronista. Una vez un ilustre médico quien obtuvo su doctorado en historia en el Colegio de México, dijo en tono de burla: “en Nuevo León levantas una piedra y encuentras un cronista”. En efecto, tenemos cronistas en abundancia: municipales, oficiales, adjuntos, honorarios, consejos de la crónica, urbanos, rurales, literarios, deportivos, de notas sociales y espectáculos entre otros más. Ciertamente la crónica es un género literario y para realizarla se recurren a diversas formas para expresarla de acuerdo al contenido que se quiere manifestar o dar o conocer.

José Castellanos MaldonadoEs muy probable que se haya usted enterado a través de los medios de comunicación del caso protagonizado por Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, líder priísta del Distrito Federal, llamado “El Príncipe de la Basura” por ser el mandón del gremio de pepenadores.

Un 5 de abril correspondiente al año de 1933, la ciudad de Monterrey fue escenario y testigo de un terrible acontecimiento en una casa situada en la calle de Aramberri número 1026, casi esquina con Diego de Montemayor cercana al barrio de la Luz en pleno centro de Monterrey. Todavía de madrugada, más o menos a las seis y media de la mañana, Delfino Montemayor se despidió de su esposa Antonia Lozano de 54 años para asistir a su empleo en la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey; mientras la hija de ambos llamada Florinda Montemayor con tan solo 19 años, aún seguía durmiendo. Al regresar por la tarde don Delfino vio a su esposa e hija cruelmente asesinadas.

El vetusto edificio se salvó 147 años hasta que decidieron desaparecerlo. ¿Qué nos queda del mismo? Su imagen en algunas fotos. Los archivos que fueron tirados al río Santa Catarina se lograron rescatar y llevados a la curia del arzobispado de Monterrey. Amado Fernández Muguerza logró el resguardo de algunas cosas: una viga labrada con el año de 1752, el portón de la entrada principal del Museo del Obispado, la pila bautismal, las campanas se quedaron en el templo y luego santuario de nuestra Señora de Guadalupe en la colonia Independencia. En 1932 cuando estaban haciendo los cimientos del Círculo Mercantil Mutualista hallaron la escultura de Santo Domingo de Guzmán. Excepto las campanas, los otros objetos que nos hablan del convento arrancado por la fuerza del paisaje regiomontano, están en el Museo del Obispado. Su imagen sobrevive desde 1943 cuando lo dejaron en el tercer cuartel de escudo heráldico de Nuevo León.

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