Todo pasa y nada queda
Aunque, lo nuestro es pasar.

Francisco J. Echazarreta

En un principio esta nevería, tenía el cielo por techo, las estrellas adornaban ese cielo. El aroma perfumado de un aire delicado, que las hermosas mujeres Sabinenses derrochaban, hacían de aquel lugar, un tanto cuanto agradable para los jóvenes de aquella época. La nevería, estaba acomodada en une terraza, de tal modo que desde allí podías ver el panorama completo… La plaza… las muchachas y las parejas de novios, dando vuelta en la plaza. La luna… con sus diferentes caras. Los autos que llegaban de Estados Unidos y hasta quien o quienes entraban al baile… Al Centro Social.

El primer invierno, después de su inauguración, la nevería hubo que cerrar, algunos fines de semana, hasta la llegada de la primavera. Luego Garo Hinojosa, techó la mitad de la terraza, para mitigar el frio y hacer este un lugar más acogedor. Por Navidad y año nuevo, respetaba las fechas, cerrando el local. Como también respetó, el día que uno de sus vecinos, miembro de la familia García, murió un Domingo. Al suicidarse tomándose algún veneno. Ese día hasta el baile fue suspendido, en una época donde la sociedad se apreciaba y se conmovían ante los eventos de la comunidad.

Al entrar al área cerrada de la nevería. Y a propósito de “aromas”, el olor penetrante de un perfume varonil que por esas épocas se había puesto de moda, el nombre de tal perfume “Brut”. El perfume era adquirido en forma de “fayuca” entre la gente que traía cosas de Laredo, ya que por esas fechas, cualquiera tenia a una tía que trajera cosas de por allá.

Una radiola con sus baladas, había llegado a armonizar los oídos de los jóvenes, que asistíamos a la nevería… la radiola de corte moderno, conteniendo en su interior, discos de 33, 5 revoluciones, que habían venido a sustituir los discos grandes de color negro de 75 vueltas por minuto… la música de un ambiente moderno, baladas, rock, música americana. . . eran los finales de los años sesentas cundo “el rock & roll” se había consolidado como una música jovial en el mundo. Aunque no faltaba quien pusiera algo de, un nuevo término que se empezó a escuchar por esos tiempos… “el bolero-ranchero”.

Los jóvenes, como en todas las épocas de la aldea, salían a la plaza a divertirse, a tratar de convivir, a comenzar una relación sentimental, una relación amorosa… los bailes mas las neverías, eran los medios para esto. Para “ligar”… dirían los jóvenes. Esta época de la Aldea, es la última de las épocas de las de dar vueltas a la plaza, con ella se acaba toda una tradición que data desde los inicios de nuestra aldea, porque después, “empezaron las conquistas sobre ruedas”.

mira allá vienen aquellas… “pítales”,
He guey regrésate… síguelas.

Vueltas y vueltas en los autos… a la plaza, a la carretera, aunque esta que narro, es el preludio de esa época, la ultima de aquellos románticos días.

A las siguiente década, (Los Ochentas) las cosas parecían haber cambiado al pueblo… el pueblo era otro, y a la vez, era el mismo… porque ahora, las parejas tenían otras formas de divertirse… los cines empezaron a lucir vacios, los jóvenes empezaban a quedarse en la casa… para ver la video-casetera e invitar a las amigas, a los amigos… a ver una película “que habían rentado”… Se había inaugurado el—Palenke Disco— y esto distraía la atención de reunirse en la plaza, pues estaba sobre la carretera. En la esquina de la calle Mina e Ignacio de Maya se encontraba la Cueva de el “Club de Leones”, se había ido de frente a la plaza, se mudo allá por el rumbo de la carretera también… Los depósitos de cerveza comenzaron a establecerse, esto motivo a que las cantinas frente a la plaza, empezaron a cerraran sus puertas, por la falta de clientes…

Refresquemos el pasado antes de que se borren estos recuerdos.

La nevería de Garo… había cerrado ya sus puertas… con ella se cerraba toda una época de más de diez años de la aldea. . . historias que allá arriba, en la terraza de este edificio se habían entretejido.

Todo pasa y nada queda
Aunque, lo nuestro es pasar
Pasar haciendo caminos
Caminos sobre la mar

Antonio Machado.



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