Pablo Garza GarzaCaminaron por ese camino que lleva a la ermita una mañana nublada, bajo el techo de nubes grises. Con caminar silencioso y sereno, una peregrinación acompañaba al que iba ser crucificado.

Los rezos eran murmullos que se escuchaban. A los costados del camino, el monte era seco y moribundo. Se dejaba escuchar en el silencio la letanía de una tórtola, mientras el condenado cargaba el madero donde sería crucificado.

Desde lo lejos se escuchaba un gallo que cantó tres veces, como recuerdo de la negación de una noche antes. El condenado caminaba arrastrando su pesada cruz, siendo flagelado para hacer más doloroso su andar.

Poco a poco aquella peregrinación fue llegando al lugar de la ermita, en donde aguardaban los mercaderes y los ladrones del templo gritando a diestra y siniestra, hasta que llegó la procesión.

El momento expectante había llegado. Gritos y algarabías se volvió el un murmullo silencioso, mientras el condenado era despojado de sus ropas, para después ser puesto en la cruz.

Al cabo de un rato fue levantada la cruz con la carne atada a ella y ante los expectantes, quienes en silencio observaban como el crucificado se retorcía. Algunas mujeres se santiguaban, mientras el crucificado repetía las últimas palabras que el Nazareno había dicho hace 2 mil años.

A lo lejos en el pueblo se alzaba el llamado poderoso, cuyos ecos llegaban hasta la ermita. El momento pasó entre rezos y oraciones como recuerdo, como espectáculo.

Al terminar aquello todos regresaron a sus casas, mientras el cielo liberaba una esporádica lluvia. El llamado poderoso seguía aullando en el pueblo. Esa noche se llenó de espanto, de alaridos, de chillidos, mientras la luna brillaba, los demonios danzaban hasta el amanecer.

Al día siguiente, el Sol aparece a dar vida mientras todos están muertos. El lugar donde se llevó a cabo la crucificación, los negros córvidos se disputan la basura entre graznidos. Solo unos cuantos regresaron pero no encontraron nada, ni un rastro.

FIN



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