Lic. Santiago Antonio Vara PerroneSer adolescente nunca ha sido fácil, y serlo durante una época caótica con constantes crisis económicas y políticas en el mundo entero como lo fueron los años ochentas fue para mi generación, más que un reto.

Quienes hoy en día tenemos entre 35 y 40 años experimentamos nuestra adolescencia en un escenario muy sui géneris. El mundo se encontraba en el punto más tirante de la Guerra Fría, éramos testigos del nacimiento de nuevos azotes de la humanidad como la contaminación, el SIDA o el hoyo de la capa de ozono; en el ámbito nacional vimos como un temblor de tierra sacudió nuestra capital y sacudió también las conciencias de los mexicanos; fuimos la generación que padeció dos de las más fuertes devaluaciones y crisis económicas de nuestra historia moderna. Cuando le platico a mis alumnos que un refresco en 1986 costaba novecientos cincuenta pesos, no entienden porqué ni cómo logramos superar esos golpes económicos.

En este contexto, ser adolescente y ser estudiante normalista en Sabinas Hidalgo daba por resultado una mezcla muy especial.

Soy egresado de la tercera generación del plan de estudios conocido como “plan de siete años” que pretendía profesionalizar al maestro y dotarlo de un nivel de licenciatura que hasta entonces sólo se ganaba a  través de la Normal Superior.

Fue precisamente en 1986 cuando un grupo de 46 adolescentes de 15 años ingresamos a nuestra querida Normal que nos vio crecer física e intelectualmente.

Los planes de estudio de aquella época quizá tenían el mismo enfoque que los actuales, sin embargo quienes los desarrollábamos en el aula descubrimos un amplio humanismo en los mismos y principalmente un elevado nivel de compromiso en quienes los aplicaban, es decir en nuestros maestros.

A lo largo de nuestra preparación entendimos el valor del trabajo en equipo y de tener siempre un líder al cual, no precisamente obedecer, sino acompañar en el logro de un reto. Recuerdo claramente como, el maestro J. Arturo Solís Montemayor, director en turno de nuestra Normal, a lo largo de esos siete años siempre se dirigió a nosotros con una familiaridad, cortesía y autoridad que nos marcaron a lo largo de ese crecimiento. Eran constantes sus visitas a las aulas para tener continuamente el trato directo con lo que sucedía en los salones de clase y estar siempre en busca de resolver cualquier problema por mínimo que pareciera.

A través de estas líneas quiero agradecer a nuestro dilecto maestro Arturo, por esa oportunidad de aprender de un verdadero líder, el cual, nunca nos pidió obediencia, sino corresponsabilidad, respeto y apoyo.

Las instituciones no son formadas por un solo hombre o mujer; así también, nuestra escuela Normal contaba, además de la figura del maestro Arturo, con una pléyade de valientes maestros y maestras que ofrendaron su juventud, su vigor y hasta su salud en pro de nuestra Normal.

La planta de maestros con la que convivimos la generación 86- 93 era de lo más variada pero todos tenían un elemento en común: la responsabilidad de pertenecer a una gran institución. Ellos nos recibieron como inquietos e inseguros adolescentes y nos enviaron a la vida como hombres y mujeres responsables.

Me sería muy difícil nombrar en este espacio a todos los maestros que tuvimos, sin embargo ellos deben tener por seguro que de todos aprendimos algo especial. De las maestras aprendimos que la educación no sólo es ciencia sino también ternura y de los maestros aprendimos que la educación no es juego sino que es algo muy delicado y hay que tomarla muy en serio.

Aunque hace muchos años que no nos reunimos como generación, creo que tengo el consenso de todos los miembros de la generación 1986-1993 de decirle a nuestros maestros y maestras de la Normal: Muchas gracias.



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