Lic. Santiago Antonio Vara PerroneLa amenazadora frase “la letra con sangre entra” aunque nos parezca inconcebible, era tomada literalmente por muchos educadores del siglo pasado. Las relaciones sociales y por añadidura las relaciones escolares eran muy distintas a las actuales. Albert Camus (premio Nobel de literatura 1957) relata en sus memorias que uno de los personajes que más influyó positivamente en su formación personal fue su maestro de primeras letras a quien admiraba y respetaba y, que sin embargo aplicaba una férrea pero homogénea disciplina basada en fuertes golpes de los cuales el mismo Camus fue víctima; no obstante el mismo agrega: “...estos castigos eran aceptados sin amargura pues casi todos recibían golpes en sus casas y el correctivo nos parecía un modo natural de educación.”

Los castigos corporales de muchos maestros llegaron a tal grado que varios de los avances de la Pedagogía fueron inspirados justamente por el deseo de hacer de las aulas un lugar más soportable, equitativo y pacífico para los alumnos.

Si bien se ha avanzado mucho en esta materia no fue sino hasta 1979 cuando Suecia se convirtió en el primer país en abolir los castigos físicos para los menores de edad.

En México la legislación sobre la materia, aunque no es precisa, está basada en “La Declaración Universal de los Derechos de los Niños” en donde se establece la erradicación de cualquier tipo de violencia hacia los menores; lo anterior y una lenta transformación en nuestra sociedad mexicana han provocado que los golpes y humillaciones paulatinamente den paso a castigos y presiones de orden más bien simbólico.

¿De que puede quejarse hoy en día un padre preocupado por el bienestar físico de su hijo en la escuela? Salvo vergonzosas excepciones, lo usual, es acusar a los maestros de autoritarios porque exigen demasiado trabajo, imponen temas y ritmos agobiantes de estudio, o porque tratan de poner orden en el salón de clases alzando la voz.

Empero, hoy en día la violencia física no está erradicada de los centros escolares. En la actualidad se presentan dos formas mayores de violencia física en la escuela: la natural agresividad de los niños y jóvenes entre sí y la de los estudiantes hacia la institución y sus maestros. La primera ha existido desde siempre, tiene que ver con la afirmación de la personalidad, la competitividad innata entre los jóvenes. Es completamente lógico que los niños corran, griten y se golpeen, están tanteando los límites para descubrir cual será su lugar en el mundo y bajo qué condiciones deberán ocuparlo.  La segunda forma de violencia  también podríamos comprenderla reconociendo que los niños en edad escolar, y sobre todo los adolescentes cumplen con la orden genética de volverse individuos independientes, desafiando a la autoridad y rebelándose ante el orden establecido.

Teniendo en cuenta lo anterior deberíamos preguntar, ¿Cual es entonces el problema de violencia en las aulas?  El detalle crucial aquí es el grado de violencia y la agresividad de los jóvenes que ha alcanzado niveles preocupantes, exacerbada por una cultura que ha hecho de la violencia un espectáculo cotidiano, un entretenimiento que no provoca ni alarma ni repugnancia, sino pura satisfacción. Pagamos por ver violencia en el cine, y la televisión nos la regala las veinticuatro horas del día.

Es necesario entender el problema de la violencia en las aulas como un problema no solo de desarrollo y energía juvenil mal encausada, sino como la primera manifestación de un problema mayúsculo en nuestra sociedad.

La violencia en los alumnos, sus actos de grosería, incontinencia moral y falta de respeto tienen el carácter de síntomas. Si no alcanzamos a percibir que son coincidentes con los que advertimos en nuestra sociedad, no podremos comprender el problema y seremos incapaces de encontrar una solución.



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