Lic. Santiago Antonio Vara PerroneLos ataques terroristas en Nueva York y en Madrid, la invasión estadounidense a Irak y los constantes ataques suicidas de las “fuerzas rebeldes” hacia sus supuestos “libertadores” y los constantes actos de violencia en nuestra región, nos remiten invariablemente a sopesar el odio que es capaz el ser humano de manifestar hacia sus semejantes.

Hay circunstancias que ciertamente hacen incomparable la medida de violencia que se vive en las calles de Bagdad, con lo que puede ocurrir en nuestro territorio mexicano, sin embargo, recientemente hemos sido testigos, o tal vez cómplices, a través de los medios de comunicación de eventos tan descalificables como el horrendo linchamiento de supuestos elementos de las fuerzas policiales en un poblado del Distrito Federal.

Aunque no se han esclarecido plenamente las acciones que estos elementos desarrollaban en dicho lugar lo importante es destacar que, a fin de cuentas, ellos eran figuras de una autoridad sustentada por un gobierno; y que las acciones de la irracional turba, representa la trágica respuesta de una población con una problemática muy compleja y muy mal atendida no solo en estos cuatro años, sino a lo largo de generaciones y que desgraciadamente se ha traducido en alimentar las raíces del odio.

El odio es la enfermedad social que en gran medida origina la violencia. Es una epidemia que trastorna a la sociedad moderna y se refleja en los altísimos índices de criminalidad. Todos los días nos vemos confrontados por el odio ya sea público o privado.

El odio es un sentimiento destructivo que se funda en la antipatía y la aversión hacia otros seres a los que se considera “el enemigo”.

El odio y la violencia forman una pareja insoslayable de patologías sociales cuya solución se ha delegado a instituciones como la familia o la iglesia y no siempre recibe la atención adecuada por parte de los estadistas y los educadores.

¿Cómo combatir el odio desde la educación? Lo que nos dice Bruno Bettleheim, un importante autor de textos de psicoanálisis, es hacernos la pregunta de por qué y cómo odia un individuo y examinar los elementos de nuestra cultura que fomentan y nutren el odio.

El odio no equivale al enojo. Este último es un estado momentáneo que surge en un momento preciso, bajo el efecto de un estímulo determinado, que de alguna manera puede ser suprimido; el odio por su parte, es algo aun más profundo que lleva a  las personas a desear constantemente la extinción del objeto de su odio.

El antídoto contra el odio y la violencia debe intentar encontrarse dentro de las acciones educativas que involucran los planos del afecto y la autoestima.

Desde el punto de vista educativo, el odio se vincula con la capacidad de padres y maestros para reforzar la autoestima de los niños. En cada hombre y mujer violentos hay un ser humano que la sociedad ha hecho sentir a sí mismo como un fracaso. La persona resentida esta siempre dispuesta a odiar. Su resentimiento nace de frustraciones diversas, reales o imaginarias, que ha conocido a lo largo de su existencia.

Dos fuentes poderosas de frustración son el fracaso escolar y el fracaso en la vida. El primero impacta dolorosamente a la conciencia lúcida y provoca un sentimiento de marginalidad y autoexclusión, en tanto que el segundo es experimentado a veces como una muerte moral.

El sentimiento de fracaso es inducido, en muchas ocasiones, por el mito del éxito. Ésto sucede cuando se crea un abismo entre las ambiciones desmesuradas de realización individual (inducidas frecuentemente por la publicidad y los medios) y las posibilidades reales de materialización de esas ambiciones.

Si pretendemos encontrar instrumentos y vías para eliminar el odio, tendremos que efectuar un cambio fundamental mediante la educación desde abajo: educando al niño en la conciencia de una nueva humanidad.



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