La historia de las inundaciones en Monterrey y sus municipios cercanos es cuento de nunca terminar. Se dice que el río tiene crecidas a partir de las torrenciales lluvias que nos llegan cada 20 o 30 años. Se dice que la peor inundación de todas, por las consecuencias que dejó en el verano de 1909, precedida por una gran sequía y dos torrentes tan peligrosos que son dignos de considerar.

El 10 de agosto de 1909 llovió tanto que dejó innumerables pérdidas materiales como humanas. El gobierno del Estado dispuso ayuda económica y asistencial para todos los damnificados. Basados en la idea de que las lluvias ocurren en periodos que abarcan entre los 20 y 30 años, pensaron que no volverían los aguaceros. Pero no fue así, para desgracia de los nuevoleoneses, las lluvias comenzaron el miércoles 25 de agosto. Ese día los habitantes de Monterrey y de los municipios aledaños no mostraron temor alguno por las lluvias que iniciaron: apenas catorce días antes las aguas habían castigado duramente la ciudad y no pensaban que se repetirían tan pronto el fenómeno. Más o menos como a las cuatro de la tarde comenzó a llover. Un día después (el jueves 26) la lluvia se hizo torrencial. La intensidad iba y venía; disminuía un poco y al rato regresaba con más fuerza. La lluvia despareció en la mañana del viernes 27 de agosto de 1909. A la una de la tarde cayeron las primeras gotas de la tormenta, considerada como la peor de todas. No dejó de llover en toda la tarde, todo el sábado y hasta las primeras horas del domingo 29 cuando paulatinamente dejó de caer la lluvia. Dicen las crónicas: “el río fiera, bramaba y el cielo que no dejaba de llover”. El río Santa Catarina, el Pesquería, el San Juan, el Salinas, la Silla, el Obispo otra vez agarraron agua y con verdadera furia arrasaron a todo lo que encontraron a su paso.

En las torrenciales lluvias ocurridas entre el 25 y 28 de agosto de 1909, murieron entre 4 y 5 mil personas. El cauce embravecido arrasó con una buena parte de Monterrey y con la colonia Independencia llamada en ese entonces como de San Luisito, pues en ella vivían personas procedentes de San Luis Potosí que vinieron a trabajar en la construcción del palacio de gobierno estatal. Gracias a una obra de Osvaldo Sánchez y Alfonso Zaragoza "El Río Fiera, bramaba: 1909" podemos comprender e imaginarnos lo que fue aquel escalofriante y triste pasaje. Cuando las calles del Monterrey y del barrio de San Luisito vivieron en carne propia el destino de aquellas personas, que de manera trágica, sucumbieron ante el gigante dormido; su majestad el río de Santa Catarina que “bufaba el agua como animal, que hasta daba miedo”.

Dicen que el clima de Monterrey es estable, siempre está de la fregada. Hoy padecemos la sequía, pero de pronto con cualquier lluvia todo se trastoca y si llueve de más, vienen las inundaciones repentinas y nuestros pueblos fundados a la margen de los ríos nunca están a salvo. Menos aún cuando no hemos acabado de aprender la lección. Hemos olvidado que el río Santa Catarina es el único drenaje natural de la Sierra Madre. Nuestra sociedad del conocimiento es incapaz de contener y prever fuertes tempestades. Las aguas con furia imbatible se llevan de paso cualquier obstáculo como ya pasó en 1909, 1933, 1967, 1988, 2005 y 2010. Si en aquellos años, el cauce casi limpio del río no soportó tal caudal y llegó a destruir parte de la ciudad que se había construido sobre su cauce.

En 1909 Monterrey apenas contaba con 78 mil habitantes. Un gobernador que no soportaba los calorones del noreste y junto con su familia pasaba sus vacaciones en Galeana. En tan solo 48 horas, la furia de un río despertó. Dijeron los cronistas: "se olvidó que los ríos secos también son traidores". Fue un olvido que dejó a la mayoría de los municipios con familias enlutadas. Casi todos conocían a una víctima de las grandes aguas. El barrio de San Luisito, conocido como Independencia después de los festejos del Centenario de 1910 y la otra banda del río sucumbió ante las aguas del río. En San Luisito vivían 8 mil personas en esas casas de madera, lámina y cartón que no resistieron los embates fluviales. El río de mis ancestros y de mis raíces arrastró todo: paredes, casas, árboles, postes de luz, puentes y vidas. Como siempre destacaron los cuerpos de policía, bomberos y la Iglesia. Todos a su manera improvisaron actos de rescate y asistencia. Un valiente cocinero japonés de nombre Takano, demostró sus dotes de nadador, ganó fama al salvar a mujeres y niños. La solidaridad se hizo presente. Ahí es donde la grandeza de Monterrey se hace evidente. Se dice que a raíz de este hecho, la bandera de la Cruz Roja ondeó por primera vez en México. En la política, la furia del río cobró otra víctima: un mes después de la inundación, el general Bernardo Reyes fue removido de su cargo como gobernador. Vaya un sincero y pequeño homenaje a nuestras víctimas de la inundación a 104 años y que su muerte nos enseñe a vivir mejor. Lo peor del caso es cuando decían que junto con los apoyos, pasaban armas para iniciar la destitución del régimen de don Porfirio Díaz.

Cosas y casos de la inundación de 1909: la actriz Sara García con tan solo 14 años de edad fue testigo de la inundación pues vivía en el barrio San Luisito de Monterrey, junto con su padre de origen español Isidoro García Ruiz quien laboraba como arquitecto. Efectivamente, hay muchas cosas que contar y decir de la inundación de 1909. Entre las muertas encontraron a una joven vestida de novia, otra aun dormida en el sueño profundo con su catre y otra muy guapa que nadie conocía y cuyo cadáver estaba muy cerca del puente San Luisito. O de la familia que se aferró a un árbol al que llamaron “el árbol de la salvación”. La casa Verde en donde dos sacerdotes esperaron ayuda de la providencia y ahí sucumbieron cerca de 300 almas. El padre Heleno Salazar que desde una orilla se dedicaba a dar bendiciones a cuantos pasaban pidiendo auxilio y que logró salvar a un niño que se tiró al agua cuando perdió a su mamá. Los dos mineros y una joven que iban agarrados de un madero, impasibles y serenos que de pronto desparecieron a la altura del puente San Luisito. De muchos héroes que dieron su vida como Takano, un norteamericano de apellido Reeder, Juan Cram, Silvino García, Jesús Montemayor, Isidro Treviño, Arnulfo Tamez y muchos más a quienes no se les recuerda como Dios manda. De comerciantes que dieron toda su mercancía a los miles de damnificados como Casimiro Guajardo. De pueblos enteros que desaparecieron como Los Aldamas, Rayones, General Bravo y Villa de García. De incontables cadáveres que encontraron en Cadereyta y en Camargo, Tamaulipas. De manzanas enteras con sus casas y moradores que fueron tragados por el agua.

¿Qué nos dejó la inundación de 1909 en Santa Catarina? La mayoría de la opinión pública regiomontana pensaba que las aguas torrenciales se debían a una tromba caída en el Pajonal. Y en efecto, el jagüey se desbordó y por la cuesta de la Manteca bajó un caudal que hizo más potente al río Santa Catarina allá en Tinajas. El entonces alcalde Pedro González Espinoza pidió ayuda para apoyar a los damnificados. Y más se asombraron en Monterrey cuando solicitó bajar el cobro de las contribuciones de los ciudadanos pues éstos como en toda tragedia, sufre por las pérdidas materiales y personales. Mientras Monterrey recibió 10 mil pesos, a Santa Catarina llegaron tan solo 2 mil. Aquí se dañaron 200 viviendas, hubo manzanas de las que ni quedaron vestigios; las acequias prácticamente desaparecieron. Paradójicamente aunque corría mucha agua, hubo escasez de víveres, medicinas y precisamente de agua potable. Como las acequias estaban completamente azolvadas, el agua dejó de fluir rumbo a la Fama, la Leona y los molinos Jesús María. No había energía para mover las turbinas. Todavía en la década de 1990 había casonas de adobe y sillar que se quedaron como testigos mudos de la inundación de 1909. Esa inundación nos recuerda al Gilberto, al Emily y al Alex…

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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