A principios del siglo XVIII se acordó construir un templo más acorde a las necesidades espirituales de la feligresía regiomontana. Por ejemplo en 1705 se había caído y para 1709 estaba siendo reedificado. Mientras se hacían las reconstrucciones se usó el templo de San Francisco Javier situado en Morelos y Escobedo. De acuerdo a un informe de 1719 el templo estaba aún en construcción y sin techos capaces de resguardarlo de lluvias y temporales. Entre 1729 y 1731 comenzó a construirse la base de la cúpula. Nueve años después el templo constaba de una sola nave, con muros de cal y canto. Gracias a donaciones de familias como las de Francisco Ignacio de Larralde, Domingo Miguel Guajardo y José Salvador Lozano se pudo avanzar mucho en su construcción. El maestro constructor se llamaba José Montalvo, quien murió el 10 de agosto de 1771 a consecuencia de una caída de uno de los andamios. Era un mulato libre casado con María Josefa Zambrano. En 1775 faltaban tres bóvedas. A su muerte continuaron las obras el maestro José Sorola y Medrano quien murió en 1782 y José Luis Alanís.

El templo quedó concluido en 1791 y se recibió orden del rey para habilitarla como catedral interina pues estaban definiendo en dónde quedaría la sede el obispado establecido en 1777 en Linares, quedando los arcos y su forma respectiva. Cuando Monterrey quedó como sede de obispado, se hicieron reformas necesarias para su dignidad. Al llegar el tercer obispo don Ambrosio de Llanos y Valdés en 1792, trajo a un arquitecto francés llamado Juan Crouset con el fin de edificar una nueva catedral y para ello le asignaron un salario de diez pesos diarios. Al cabildo se le hizo excesivo el pago y hubo problemas entre el obispo, el gobernador y el cabildo a tal grado de que se pensó cambiar la sede episcopal a Saltillo. No obstante el obispo continuó con la construcción de la nueva catedral, eligiendo para ello un sitio por el rumbo noroeste de los ojos de agua. El prelado planeaba una nueva traza urbana para Monterrey y allá comenzaron los trabajos que duraron unos tres años para lo cual gastaron unos 70 mil pesos. Fue cuando abrieron una calle para comunicar a la ciudad antigua con la nueva: la calle del Roble ahora llamado Juárez. Muerto Llanos y Valdés en 1799 y al quedar la sede vacante, el nuevo señor obispo Primo Marín y Porras no quiso continuar con la construcción de la nueva catedral, quedando el templo parroquial o iglesia mayor como sede episcopal. En 1798 Crouset dejó un informe señalando el estado de la catedral quedando su construcción interrumpida. Gradualmente lo que se había construido en la nueva catedral, específicamente los muros, quedaron como sitios de protección y resguardo en contra de ataques a la ciudad.

La catedral finalmente quedó en el lugar donde estaba la iglesia mayor. La portada y la torre quedaron concluidas en 1800. El templo fue testigo del TE DEUM que hicieron a favor de Mariano Jiménez en enero de 1811 y del asalto insurgente en el verano de 1813. En 1827 le fue colocado un reloj que trajeron desde la ciudad de México. Originalmente era solo una nava a la cual se le añadieron dos laterales con sus respectivas capillas y altares menores. En ella trabajaron Nicolás Tadeo Hernández, quien había trabajado en los templos-catedrales de Zacatecas, Fresnillo y Saltillo y José Antonio Jiménez.

El 4 de junio de 1833 la catedral quedó consagrada por el entonces obispo José Belaunzarán y Ureña dedicándola a nuestra señora de la Inmaculada Concepción. A la construcción siguieron quitando o añadiendo elementos arquitectónicos de acuerdo a la mentalidad de la época y al gusto de los obispos. Durante la ocupación norteamericana en 1846, las tropas mexicanas guardaron la pólvora y las municiones, corriendo el peligro latente de ser destruida. Para 1849 los canónigos estimaban su valor en 200 mil pesos. Entre 1886 y 1900 estuvo como obispo don Jacinto López Romo quien elevó a sede arzobispal el 23 de junio de 1891 mediante la Bula “Illud in primis “, del papa León XIII. Y

Comenzaron a construir la torre en enero de 1891 terminándola en 1899. El primer arzobispo pagó con su peculio estas obras, como la reparación del interior, la instalación de piso mosaico, la reconstrucción de la sacristía, el inicio de la capilla sagrario, las balaustradas y la pavimentación del atrio. Tenía un retablo churrigueresco y se luego se le quitó de acuerdo a las exigencias conciliares, quedando definida la fachada al poniente, con una sola torre de tres cuerpos. En el lado opuesto de la fachada está el reloj que tenía un reloj instalado en la noche del 15 de septiembre de 1904. Hay muchas esculturas realizadas por el artista queretano Manuel Núñez Fuentes. En 1943 se decoró el altar mayor con los frescos de Angel Zárraga por encargo del señor arzobispo Guillermo Trischler y Córdoba.

Debajo del altar mayor están las criptas en donde descansan los restos de quienes han gobernado la diócesis ahora convertida en arquidiócesis como sede metropolitana y de la provincia eclesiástica correspondiente al noreste mexicano. Desde el siglo XVIII para recibir los cuerpos de los primeros prelados como fray Antonio de Jesús Sacedón y fray Rafael José Verger, luego los de Ignacio de Arancibia y Hormaegui y Primo Feliciano Marín y Porras.

La catedral de Monterrey, testigo silente y activo de la historia de Monterrey y de la evolución religiosa del noreste mexicano. La que dicen está comunicada por túneles a las principales casonas de los alrededores. Uno de los templos predilectos para bodas de la sociedad regiomontana y sede del arzobispo Rogelio Cabrera López este 4 de junio, cumple 180 años de su consagración.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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