En el antiguo camino que unía al valle de las Salinas con la Pesquería Grande, Icamole y el camino real a Monclova, a mediados del siglo XIX surgió la hacienda de San Antonio del Muerto. A mediados del siglo XVII, estas tierras pertenecieron a Bernabé de las Casas, hijo de Bartolomé de las Casas y de Beatriz de Navarro. Desde Icamole y San José de la Popa iniciaba el famoso y emblemático valle de las Salinas que abarcaba hasta Mamulique. Aquí los hijos del matrimonio de de las Casas y Navarro, establecieron una serie de haciendas que se trasformaron en municipalidades en el siglo XIX: San Francisco de Cañas, origen del actual municipio de Mina, se quedó con la hija llamada María, casada con Juan Lobo Guerrero en 1626. Las de la Magdalena y la de Eguía de Viudas para Beatriz de las Casas, esposa del capitán Diego de Villarreal, surgió Abasolo y las de Chipinque, para Juliana de las Casas quien se casó con Diego Fernández de Montemayor, dando origen a lo que hoy es El Carmen.

Ahí donde entra el río Salinas a Nuevo León, en un valle rodeado de la Popa, la serranía de El Fraile y la sierra de Gomas, Antonio de la Garza Elizondo estableció una hacienda con el nombre en honor a San Antonio de Padua. La hacienda también es conocida como del Muerto debido a una montaña que parece a un cadáver tendido, como por un arroyo que pasa cerca del lugar. Durante el siglo XIX y principios del siglo XX, este sitio fue invadido por los indios bárbaros y testigo de tres o cuatro enfrentamientos.

Don Antonio de la Garza debió vender y para 1856 figura como dueño Juan José Villarreal Elizondo quien ordenó la construcción de su capilla, las casas para los sirvientes, las galeras, acueductos y otras construcciones de fortificación. En 1857 la producción disminuyó a causa de la guerra entre liberales y conservadores y las dos célebres batallas de Icamole, la primera ocurrida en 1876 y la segunda en 1915. En 1878 murió Juan José Villarreal Elizondo, el mayor impulsor del crecimiento de la hacienda. Las constantes guerras civiles mermaron la producción de la finca, esta se mantuvo en constante crecimiento. Tras su muerte, la hacienda pasó a don Melitón Villarreal, uno de los filántropos y hombre de bien que dejó obras considerables tanto a El Carmen como a Monterrey.

Don Melitón Villarreal había nacido en la hacienda El Chipinque, actual El Carmen en 1837. Hijo de Juan José Villarreal y Ana María Gutiérrez falleció a principios de marzo de 1904. Sin descendencia dejó una parte de su herencia para el establecimiento de un orfanatorio en 1907 en Monterrey. Sus albaceas Lázaro Garza Ayala, Francisco Belden y Valentín Rivero deciden vender la propiedad a Jesús González Treviño. Ya la hacienda no representaba una fuente de ingresos, y la crisis política que se vivía en ese entonces debido a la revolución le afectarían profundamente. Su último propietario vende antes de que esta pasara a propiedad ejidal en 1937, iniciando una progresiva etapa de abandono.

Para los viajeros que recorrían de Icamole a Mina, se les hacía raro encontrar el viejo casco de una hacienda, con su plazoleta, en medio de la misma una noria, en frente la capilla y la casa grande y un silo y bodegas en donde guardaban las semillas y cosechas. Muchos acudieron a ella para tratar de rescatar el templo y la fiesta a San Antonio cada 13 de junio. Otros para buscar tesoros, realizar conciertos de rock alternativo, como lugar para grabar videos musicales y documentales aprovechando la poca o nula vigilancia existente.

Desde 1988 el casco de la hacienda forma parte del patrimonio del municipio de Mina, sin embargo, no sería hasta el año 2004, cuando se iniciaría el interés por devolverle su antigua arquitectura y hacerla un lugar turístico, ya que representa un patrimonio histórico del estado de Nuevo León. Lamentablemente los buscadores de tesoros y hasta de personas mal intencionadas que llegaron a profanar el templo, aunado al deterioro natural del inmueble, provocaron la destrucción de la hacienda de San Antonio. El 13 de junio de 2010, la señora Tina Lozano de Villarreal lo rescató recuperando el esplendor al menos de la capilla, pero no pudo continuar con su proyecto debido a problemas burocráticos y relacionados con la inseguridad.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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