Los antiguos mexicanos para propiciar las lluvias y la vida, ponían una escultura o algo que representara al dios Tláloc sobre los cerros. Cuando llegaron los religiosos durante la llamada “conquista espiritual” las quitaron y en su lugar colocaron una santa Cruz. Esta reliquia es venerada el 3 de mayo y nos remite a la famosa batalla del puente Milvio en las afueras de Roma, el 28 de octubre de 312, cuando Constantino - hijo de Constancio y Helena-, mediante la guerra, la habilidad y un milagro, se proclamó emperador de Roma. Antes de enfrentar sus tropas contra Majencio, le dio por pintar cruces en las corazas de sus soldados. Una noche anterior tuvo un sueño en el cual se dibujaba una cruz en el cielo y unas letras le indicaban IN HOC SIGNO VINCES, “con éste signo vencerás”. Al año siguiente, mediante el edicto de Milán, reconoce a la Iglesia católica y en consecuencia permite que su madre vaya a Jerusalén a encontrar el santo madero donde Cristo fue crucificado. Para verificar su autenticidad provocaron dos milagros: un militar recuperó la salud y una niña muerta la vida. Hicieron la procesión para proclamar el hallazgo de la VERA CRUZ (cruz verdadera) la que adoptaron como nuevo símbolo de los cristianos.

Los religiosos y misioneros bajaban las cruces de los cerros, las llevaban en procesión, invocaban las lluvias y la vida, la bendecían y las volvían a colocar en su sitio. Por eso hay cruces sobre las lomas y cerros de nuestros pueblos. Por ejemplo, la fiesta más importante en Villaldama está dedicada a la santa Cruz el 3 de mayo. Santa Catarina no es la excepción. En la cabecera municipal hay una loma de piedra laja, sin vegetación a la que llamaron desde mediados de siglo XVIII de la santa Cruz o Loma Pelona. Tenemos una calle que va desde la Segunda Avenida hasta la loma y se llama de la Santa Cruz. Los cabildos del último tercio del siglo XIX acudían el 3 y 5 de mayo para hacer fiestas: una religiosa y la otra cívica en honor a la batalla de Puebla. Una vez el pueblo bajó la cruz pidiendo las lluvias para remediar la prolongada sequía. La llevaron al templo de Santa Catarina y de ahí se fueron rumbo a los temporales, allá por donde estaba la entrada original de Santa Catarina, entre las actuales colonias Norberto Aguirre, Tepeyac y San Francisco. Y llovió tanto en los alrededores, menos por donde la iba la procesión. Era cuando decían: “la lluvia de principios de mayo, alivia algunos problemas reumáticos y hasta físicos”.

Durante mucho tiempo, la tradición a la santa Cruz fue auspiciada y promovida por la señora Mercedes Buentello, emparentada con don Fidel Ayala Jiménez a quien le debemos la devoción en honor a la virgen de San Juan de los Lagos. Ella nació en Santa Catarina el 24 de septiembre de 1914, hija de Merced Buentello y Josefa García, quienes vivían en un solar situado por la calle de Manuel Ordóñez, entre la acequia madre y la calle Hidalgo. Una ocasión don Merced Buentello preocupado por la falta de alimento para el ganado que cuidaba, esperaba junto con su esposa afuera de su casa la procesión de la santa Cruz y pidieron con respeto y fe la lluvia necesaria para calmar los males que afectaban al campo y a la vida. Y llovió tanto que de nueva cuenta los pozos y acequias se beneficiaron y en el monte todo reverdeció. Los Buentello García decidieron apoyar la devoción de la santa Cruz y cuando éstos faltaron, la hija popularmente conocida como Meche Buentello retomó esa noble costumbre.

Doña Mercedes se casó en 1946 con el Efrén Gasca Maldonado y procrearon tres hijos: Mario Zacarías, Josefina Dolores y Efrén Gerardo. Siempre les inculcó el cariño a la fiesta y pidió que al faltar ella, la tradición del 3 de mayo continuara como un legado familiar. Una temporada vivió en Monterrey, pero se daba tiempo para organizar los preparativos. Hacían la fiesta sin importar el día en que cayera. Apoyada por Abundia Chávez Aguilar, Cecilia López de Vázquez y Marianita Flores Chávez, buscaban quien bajara la cruz después de la Semana Santa; la llevaban al templo en donde se quedaba algunos días y para el día 3 de mayo comenzaba la fiesta religiosa: contrataban matachines para la procesión, pintaban de verde a la cruz, rezaban el rosario, la vestían con un lienzo blanco y una banda roja, la adornaban con flores y al frente de muchos devotos quienes se turnaban para cargarla hasta la loma a continuar la fiesta. Conseguían domicilios en donde hacían “paradas” en la procesión organizada como un verdadero vía crucis: desde la parroquia tomaban la calle Manuel Ordóñez, daban vuelta por la calle 10 de mayo. Otras veces subían por la calle Corregidora. También cocinaban algunos platillos para la convivencia que se hacía en la loma.

Era todo un regocijo ver cuando la cruz salía del templo parroquial presidiendo la procesión, con matachines, cantos y rezos. Doña Meche también debió batallar cuando algunos presbíteros no quisieron ayudarle con la bendición del santo madero. No obstante, ya para abril la cruz estaba en el atrio de la parroquia y el 3 de mayo otra vez la subían a la loma para dejarla en su pedestal de concreto. En su momento, cuando don Manuel Frías se quedó con la loma y en ella construyó el castillo, no quiso que la tradición continuara en su propiedad. Por eso doña Meche Buentello acudió con el alcalde Victoriano Chapa Zárate (1949-1951) a quien le solicitó permiso para continuar con la ancestral tradición. Finalmente don Manuel Frías dio las facilidades para acceder al cerro y continuara la fiesta del 3 de mayo.

La cruz está hecha de madera de encino, mide poco más de dos metros de altura, con un peso aproximado de 130 kilos. Doña Meche falleció el 6 de septiembre de 2003. Los últimos días los pasó en su casa de la colonia Infonavit Huasteca. Con su muerte la costumbre se interrumpió. Aún está la cruz y todavía hay quienes recuerdan ésta maravillosa tradición que como muchas otras se perdieron en Santa Catarina. Es nuestro deber trasmitirla a las nuevas generaciones para que la conozcan y actualizar su sentido: somos peregrinos en ésta tierra y debemos soportar nuestra pesada carga. Y solo con la ayuda de Cristo y los demás, podemos aligerar su peso. Recordemos que el camino a la propia santificación está en el santo misterio de la Cruz.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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