Todo momento es propicio para recordar y conmemorar. Luego de agradecer y reconocer por el legado y las consecuencias que su proceder nos dejó. La obra del benemérito, sabio e insigne humanista, el médico José Eleuterio González Mendoza es evidente en éste 2013, quien por cierto llegó de Guadalajara para quedarse entre nosotros. En su tiempo, le fue impuesto su nombre a un municipio antiguamente llamado hacienda de Ramos. Se le llama Doctor González en su honor desde el 14 de noviembre de 1883. Uno de los ejes viales que conecta a San Pedro Garza García, Monterrey y San Nicolás de los Garza, se llama Gonzalitos, una de las principales avenidas en la zona metropolitana de Nuevo León. Este año se conmemora el bicentenario de su natalicio y hasta la Universidad Autónoma de Nuevo León, hizo suya ésta celebración pues la facultad de Medicina y el honorable Colegio Civil fueron promovidos en su tiempo por tan importante benefactor.

José Eleuterio González nació el 20 de febrero de 1813 en la ciudad de Guadalajara. Fueron sus padres Matías González y Antonia Mendoza. Apenas tenía año y medio de nacido cuando quedó huérfano. Entonces quedaron protegidos por un tío suyo, el licenciado Rafael Mendoza. Fue alumno del seminario conciliar de Guadalajara y en esa ciudad se inscribió para estudiar medicina, la cual continuó en la ciudad de San Luis Potosí. Ahí conoció a un religioso franciscano llamado Gabriel Jiménez quien le pidió lo asistiera en el trayecto a su ciudad natal Monterrey, pues padecía de una enfermedad incurable, llegando el 12 de noviembre de 1833. Inmediatamente el obispo José Belaunzarán y Ureña lo nombró médico y director del hospital de nuestra Señora del Rosario. Una de las primeras inquietudes del joven médico fue precisamente la de promover una escuela para la enseñanza médica. En enero de 1835 abrió una cátedra de farmacia en el hospital del Rosario con cuatro estudiantes, concluyendo el curso en 1839. De acuerdo a sus biógrafos, el “niño médico” como lo apodaban algunos clérigos, se quedó a vivir en una de las celdas del convento franciscano de San Andrés.

Siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, la gente de Monterrey comenzó a llamarle Gonzalitos de cariño. Cuando iba de visita a ver a un paciente o para ir a misa, siempre lo veían leyendo hasta en las calles. En 1836 se casó con Carmen Arredondo, hija natural del que fuera el último gobernador y comandante militar del Nuevo Reino de León, don Joaquín de Arredondo. Algunos de sus amigos le advertían que la guapa joven tenía predilecciones por los militares. Y en efecto no le fue bien en el matrimonio. Cuando arribó el general Mariano Arista como comandante del ejército de oriente, Carmen decidió dejar a Gonzalitos para mantener relaciones con Arista, quien todavía le dio por organizar una fiesta para presentar a su novia. Gonzalitos se refugió en el ejercicio de su profesión y de la docencia. Más nunca la olvidó. Nunca aceptó darle el divorcio y hasta una ocasión, le llevaron a Arista gravemente herido y cuentan que dudó en un momento en salvarle la vida. Pudo más su orgullo y vocación que cuidó a Arista de sus daños físicos.

El gobierno de Nuevo León le otorgó el título de médico el 8 de marzo de 1842. Fue cuando decidió abrir una cátedra de medicina más formal, a la que se añadió la cátedra de farmacia y luego de obstetricia. Fue también uno de los docentes fundadores del Colegio Civil en 1857 y al amparo de la institución, abrió la escuela de medicina el 30 de octubre de 1859 y al año siguiente, el hospital civil, contando con el apoyo económico del padre José Antonio de la Garza Cantú. Por sus cualidades, en una ciudad tan pequeña y compacta todos lo conocían y simpatizaban con Gonzalitos. Por eso fue invitado a participar como representante en algún cargo de elección popular. El 17 de octubre de 1870 fue elegido diputado y de ahí a gobernador interino, substituyendo al general Jerónimo Treviño. En 1870 fundó la escuela normal y sin ser abogado formaba parte del tribunal de justicia. Del 2 de diciembre de 1872 hasta el 4 de octubre de 1873 fue gobernador constitucional. Otra vez gobernador de forma interina substituyendo al licenciado Ramón Treviño entre el 2 de enero y 8 de marzo de 1874. Al año siguiente se formó un grupo que lo apoyó de nueva cuenta a la gubernatura, pero renunció a la candidatura, pues se lamentaba que desde que había entrado a la política había perdido a sus mejores amigos. Otra vez se refugió en la atención de sus enfermos y en la docencia.

Fue un sabio en toda la extensión de la palabra, un enciclopedista apoyado por su grandiosa memoria. Su obra es tan vasta que lo mismo abarca historia regional, botánica, tratados de medicina, estadística y leyes. Sus conocimientos en todos los ramos eran muy profundos. Un gran médico que no cobraba honorarios, solo aceptaba lo que quisieran darle. Aun así con esas mermadas ganancias apoyaba a la escuela de medicina, al colegio civil y al hospital universitario, al igual que a sus alumnos a quienes también costeaba sus estudios.

Sus estudios regionales son reconocidos trabajos de historia y obra infaltable para realizar un proyecto de investigación. También se dio tiempo para cultivar la literatura. Fue un maestro en toda la extensión de la palabra. Destacando como maestro en la escuela de medicina, leyes y en el colegio civil. No sólo en el aspecto científico, también en el humanístico logró formar excelentes generaciones de médicos y de literatos. Orador y poeta, su obra en este aspecto tiene mucho de docente. El gobierno del Estado lo declaró ciudadano ejemplar de Nuevo León y Benemérito en 1867. En 1873 el gobierno del Estado lo nombró protector de la juventud y benefactor de la humanidad, por considerarle un iniciador, cooperador al progreso de las artes, las ciencias y las mejoras materiales de Nuevo León. También de su peculio mandó reconstruir la parroquia de Villa de García que se quemó en 1883. Ejerció la medicina en 55 años. Siempre al tanto de los avances de la medicina y actualizado, a tal grado que se le reconoció como uno de los mejores médicos de México. Una persona querida por todos, a quien no le importó estar con los distintos gobernantes sin importar la tendencia imperante. Hasta los liberales lo respetaban aun sabiendo que eran un católico comprometido en el servicio de los demás.

Nuevo León le recuerda también como filántropo. Consagró su vida a mitigar el dolor ajeno, "ya fuera la esposa del presidente Juárez, a quien asistió en esta capital, o fuera la del más infeliz presidiario". En los últimos momentos de su vida perdió un ojo después de una operación en 1881. Cuando lo llevaron hasta la ciudad de México, sus alumnos y acompañantes para no aburrirse le pidieron les contara sus historias. Con el material recuperado se logró escribir la obra "Lecciones orales de historia de Nuevo León". Luego fue operado en Nueva York en 1883. Dicen que cuando venía en el tren desde Laredo a Monterrey, la gente de Lampazos, Villaldama, Salinas Victoria y Monterrey lo recibieron con muestra de júbilo en el trayecto.

Gonzalitos murió en Monterrey el 4 de abril de 1888. En su tumba se puso la siguiente inscripción: “No se perderá su memoria, y su nombre se repetirá de generación en generación” (Eclesiastés 39;9). A su muerte, tanto al hospital como a la escuela de medicina le pusieron su nombre. Hay dos esculturas en Monterrey: una enfrente del Hospital de Zona en 5 de Mayo, obra de Miguel Giacomino en 1913 y la otra situada en la explanada de la entrada al Hospital Universitario obra de Joaquín Arias. En 1981 sus restos fueron llevados al Hospital Universitario. A 200 años, su obra y memoria siguen entre nosotros.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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