Durante la época colonial, toda la región noreste de la Nueva España, conformada por las provincias de Coahuila o Nueva Extremadura, el Nuevo Santander, la de Texas o Nueva Filipinas y la del Nuevo Reyno de León y que luego formaron las Provincias Internas de Oriente. Estas se hallaban prácticamente incomunicadas con el resto del virreinato, debido a su alejamiento con las principales ciudades y centros mineros de la Nueva España y al pésimo estado de los caminos que entroncaban a los distintos puntos del noreste con el resto del territorio novohispano.

Por tal motivo, mes y medio después llegó la noticia de que en el pueblo de Dolores había iniciado una rebelión en contra de la corona española. El 29 de octubre de 1810 es el día en que Monterrey y en otros pueblos importantes como Salinas, Cadereyta y Pesquería supieron del Grito de Dolores que había proclamado el padre Hidalgo el 16 de septiembre de ese año. Las noticias llegaron a través de dos cauces: una, por medio de Félix María Calleja que le advirtió de la revuelta al entonces gobernador del Nuevo Reyno de León, don Manuel de Santa María y la otra, a través de comerciantes que mantenían contacto con las regiones en donde se gestó el movimiento libertario. Inmediatamente las fuerzas realistas ubicadas en el Nuevo Reyno de León, fueron llamadas a combatir a los insurgentes que querían la independencia de la Nueva España.

Una vez que se supo de las intenciones de Hidalgo, muchos habitantes de las alcaldías mayores y valles del sur del Nuevo Reyno, se sumaron con simpatía al movimiento. Desde San Carlos, el gobernador del Nuevo Santander Manuel Iturbide se comunicó con Santa María a fin de reunir todas las fuerzas existentes en las Provincias Internas de Oriente, para que a las órdenes del general Nemesio Salcedo hicieran frente a los insurrectos. En consecuencia, el gobernador Santa María dispuso la defensa de los lugares por los que se decía que podían transitar.

Pero para ello se necesitaba dinero para comprar armas y municiones. Cuando se le solicitaron recursos a la jerarquía eclesiástica para comprar armamento, ésta se negó pues alegó que debía prestarle 5 mil pesos a la Caja Real de Saltillo y para ello invitó a los vecinos a que se defendieran con hondas y a pedradas. Pero al fin de cuentas, tanto el obispo don Primo Feliciano Marín y Porras junto con los principales comerciantes de Monterrey lograron reunir 16 mil pesos. De igual forma, el entonces obispo, procedió a dictar castigos a quienes apoyaran a los jefes insurgentes.

Inmediatamente el gobernador Santa María informó a sus compartes, los gobernadores de Coahuila Antonio Cordero y con Manuel Iturbe del Nuevo Santander su intención para asegurar la defensa de la región. Y dispuso la salida de tres compañías con rumbo a San Luis Potosí. Otra más, bajo el mando de Pedro Herrera y Leyva se apostó en Matehuala para luego regresar al resguardo de Agua Nueva en Saltillo.

Las tropas rebeldes iban apoderándose de los lugares por los que pasaban, especialmente a los pertenecientes a la Intendencia de San Luis Potosí. Para evitar su ingreso al sur de Reyno, mandaron a Juan Ignacio Ramón a San Pablo de Labradores, para observar la entrada y salida de contingentes. Ahí comenzó un intercambio epistolar con Mariano Jiménez, quien convenció tanto a Ramón como al gobernador Santa María de sumarse al bando insurgente.

Por ello la comandancia militar de las Provincias Internas de Oriente, pidió que una fuerza de hombres armados y montados se instalaran en la Cuesta de los Muertos para que esperaran a los insurgentes y evitar su ingreso a la región.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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