Lic. Antonio Guerrero Aguilar

Previo al día de la Virgen de Guadalupe en el 12 de diciembre, la zona conurbada a la ciudad de Monterrey se ve envuelta por las llamadas procesiones o peregrinaciones de parte de muchos devotos. A la cabeza de ellas vemos obligatoriamente un estandarte guadalupano y los típicos danzantes conocidos como matachines. Según los diccionarios, matachín es quien le gusta pelear, el que mata reses o incluso el que se mete con mujeres ajenas.

Lic. Antonio Guerrero AguilarPrevio al día de la Virgen de Guadalupe en el 12 de diciembre, la zona conurbada a la ciudad de Monterrey se ve envuelta por las llamadas procesiones o peregrinaciones de parte de muchos devotos. A la cabeza de ellas vemos obligatoriamente un estandarte guadalupano y los típicos danzantes conocidos como matachines. Según los diccionarios, matachín es quien le gusta pelear, el que mata reses o incluso el que se mete con mujeres ajenas.

Los matachines ya se conocían en las cortes europeas en donde se presentaban las actuaciones de los llamados “mattachinsen” en Francia, los “matacinio” en Italia y los “moriskentänzeren” en Alemania. La etimología procede de la palabra árabe “mudawajjihen”, que significa “los que se ponen cara a cara” o “los que se ponen cara” tal vez en referencia al uso de máscaras a la hora de bailar. Las descripciones de aquella época presentan a los matachines como bufones que actuaban en los entremeses cortesanos. Se trataba generalmente de hombres que bailaban en círculo dando saltos y simulando combates con espadas, llevaban cascos y cascabeles y seguían el ritmo marcado por una flauta.

Las danzas matachines y de otros bailes asociados a éstas, conocidas como “Danzas de Conquista” o de “Moros y Cristianos”, fueron introducidas en México por los misioneros, quienes los usaron como un recurso didáctico para reforzar sus tareas evangelizadoras, al darse cuenta del gran apego que los indígenas tenían hacia la danza, el canto y la música.

Posteriormente los indígenas añadieron elementos autóctonos tanto a la danza como al acompañamiento musical. Tuvieron tanto auge, que un momento dado, las autoridades virreinales prohibieron su ejecución en el interior o en los atrios de los templos por temor a que se suscitaran revueltas y porque consideraban paganas algunas de esas manifestaciones. Este hecho favoreció aún más el sincretismo con la adición de nuevos elementos pertenecientes a la cultura de los nativos. Los elementos que integran la danza también sufrieron transformaciones para adaptarse a los gustos y motivos más celebrados por los indígenas.

Por ejemplo, se dice que los indígenas tenían la costumbre de entrar a sus zonas ceremoniales dando saltitos. Todavía en Chalma, Estado de México, los penitentes entran bailando. De ahí viene el refrán: “Ni yendo a bailar a Chalma”. Luego los españoles los llevaban a la fuerza, por lo que el viejo de la danza representa al encomendero que los amenazaba continuamente con su látigo.
La danza de los “Matachines” que vemos en muchos sitios del noreste mexicano, es originaria de Tlaxcala, pues recordemos que 400 familias de ellos participaron en la fundación de pueblos. En los matachines se fusiona la cultura europea propia del medioevo con la prehispánica, de ahí la necesidad de preservar y difundir esta expresión de cultura popular.

Como verán nuestros lectores, aquí los matachines bailan en honor a las patrones de nuestros pueblos y en honor a la Virgen de Guadalupe. Confeccionan su vestimenta hecha con tela de colores vivos, a manera de faldas en las que ponen cartón, jarilla y carrizo y portan huaraches en cuyas suelas llevan trozos de metal o cuero para que hagan ruido al caminar. Cada matachín debe comprar su vestimenta y demás objetos concernientes al uso del ritual. Los matachines portan en la mano derecha una sonaja que agitan constantemente, mientras que en la izquierda llevan una palmilla (especie de abanico que también puede adquirir la forma de un tridente), a la que se le cuelgan listones de colores y flores de tela o plástico.

Los grupos de matachines tienen una sólida estructura jerárquica. Cuentan con organizadores de quienes convocan a los participantes y los dirigen. Tienen poder para amonestar a los miembros del grupo que no sigan sus indicaciones y como símbolo de ese poder llevan un látigo. Incluso el viejo de la danza, tiene la facultad de indicar con unos gritos, ciertos cambios en los pasos coreográficos. Otros dirigentes de la danza bailan con los matachines conduciendo las evoluciones, fungen como maestros de los reclutas nuevos e inexpertos, y gozan también de un gran prestigio en la comunidad. El número de miembros de un grupo de matachines varía mucho. En buena medida depende del poder de convocatoria de los organizadores.

Los instrumentos para ejecutar la música que acompaña a esta danza son el violín y la tambora. El número de músicos ejecutantes tampoco es fijo. Este primero es el instrumento más creativo en las piezas musicales al tener la responsabilidad de llevar las partes melódicas, en tanto que la tambora lleva el ritmo. Además, el sonido de las sonajas portadas por los danzantes constituye otra base rítmica que les ayuda a marcar mejor los pasos.

Una vez un cronista de la localidad me decía que seguramente esas percusiones eran de procedencia guerrera propia de los llamados indios chichimeca.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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