Dicen que la vida se lleva a la muerte y que la muerte se lleva a la vida. Y que si la vida es un sueño, la muerte es un despertar. Desde el punto de vista biológico, la muerte es la interrupción de las funciones vitales o cuando el cerebro deja de controlarlas. Desde el punto de vista religioso es concebida como parte de un ciclo continuo de nacimiento, muerte, resurrección o reencarnación. Desde el punto de vista filosófico la muerte nos ofrece una nueva vida, la del conocimiento de lo inmutable. Spinoza una vez dijo que el hombre libre en nada piensa menos en la muerte y que toda su sabiduría está concentrada en la vida. En cambio Séneca sentenciaba que el hombre regresa de donde una vez vino.

A través de la historia encontramos diversos conceptos en torno a la muerte. Para los egipcios el cuerpo debía conservarse para asegurar la supervivencia del doble o sea del otro. Por eso la tumba era la estancia del otro, así como del alma, que pensaban tenía la forma  de pájaro o de llama. Se tenía la creencia de que había un juicio final en donde pesaban las acciones como la de los pensamientos.

Los antiguos mexicanos pensaban que había un Mictlán, que era el lugar de los Muertos. Era un sitio subterráneo donde reinaba Mictlantecutli y su mujer Mictecaciuhuatl. Ahí iban todos los que morían. El viaje al Mictlán duraba cuatro años y después, el difunto se iba a los nueve infiernos donde pasaba un río muy ancho en el que había perros y difuntos nadando encima de los perritos. Dicen que cuando el difunto llegaba al borde del río, llamaba a su perro y si este le reconocía lo pasaba por el río. Los mexicas por eso criaban perros y también los sacrificaban cuando alguien moría. Una vez alcanzada la orilla del río, el difunto desaparecía para siempre para partir con rumbo a la desintegración total, a la nada, negra y fría.

Para los pueblos asirios caldeos, el culto se basaba en el miedo. Imaginaban un cielo, un infierno y un juicio después de la muerte. Las almas buenas iban al cielo mientras que las de los pecadores eran sometidas a suplicios eternos. Los fenicios embalsamaban a sus cadáveres y eran trasladados en ataúdes para depositarlos en criptas. En cambio los medos y persas no enterraban a sus difuntos ni siquiera los quemaban, pues pensaban que podían contaminar a los elementos. Por ello los revestían de cera y los exponían en las torres del Silencio donde eran comidos por las aves.

En cambio los romanos mantenían panteones y criptas. A ellos les debemos el término de panteón, que era originalmente un templo dedicado a todos los dioses y que fue levantado por Agripa en el año 27 antes de Cristo y cuya estructura  era circular.

Los griegos tenían un concepto muy interesante en torno a la Muerte. Cuando alguien moría cruzaba el río llamado Leteo, que significa el río del olvido. Morir significaba ser olvidado y olvidar. La relación con la muerte con el olvido no es tan sólo una metáfora, sino también una descripción de nuestra biografía. Porque cuando tenemos una mala memoria, de pronto nos viene la inseguridad a tal grado de que pensamos que vamos a morir.

Pensaban que ésta era hija del sueño de la Noche. Vivía en el Tártaro y tenía corazón de hierro y entraña de bronce. Regularmente se le representaba como un niño negro con los pies torcidos a los que acariciaba su madre. A veces se le añadían alas negras y una red con la que atrapaba a las cabezas de sus víctimas. También tenía forma de esqueleto con hacha en la mano, largos dientes y uñas ensangrentadas con las cuales señalaba a las víctimas. Sus hijas eran las parcas que con el tiempo se convirtieron en sinónimo de la muerte. Fueron divinidades infernales que la Noche engendró por sí misma y que presidían paradójicamente el nacimiento y la vida del hombre.

Eran tres parcas: Cloto que enseñoreaba el nacimiento y que bordaba el destino con una rueca; Laquesis que hilaba los acontecimientos de nuestra existencia y Atropos, la más malvada que con unas tijeras cortaba el hilo de la vida. Ellas habitaban un lugar tenebroso, simbolizando con ello la obscuridad del futuro de todos aquellos cuyas vidas iban hilando y cortando. Nunca escuchaban los ruegos de los hombres que les piden el privilegio de la vida. Incluso hasta Zeus les debía obediencia.

Eran persuasivas y elocuentes y vivían sobriamente. De ahí que usemos la palabra parca para referirnos a lo sencillo, sobrio, reservado, mezquino, avaro y escueto. Se les representaba como mujeres indomeñables y por ello desde entonces relacionamos a la muerte con mujeres. ¿tendría razón Octavio Paz cuando señalaba que la mujer es pasión, muerte y destino? Regularmente la mujer siempre ha tenido rostro o forma de mujer.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina



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