Este dos de octubre se cumplirán 40 años respecto al movimiento que sacudió al México contemporáneo y del cual aun hay personas que claman porque no se olvide. A decir verdad, el año de 1968 es un año sincrónico. Es sincrónico porque ocurrieron muchas eventos en ese año. En consecuencia es simbólico y emblemático:  es cuando los Beatles iniciaron la llamada música psicodélica, comienza el movimiento hippie en San Francisco, California, defendiendo la paz y el amor, la NASA preparaba el arribo del hombre a la luna; los  Estados Unidos mantenían  una guerra infructuosa contra  Vietnam, la imagen del Ché Guevara se consolidaba como un ícono de la juventud. Mientras que la humanidad reclamaba cambios en un mundo que parecía herido y cansado  por tanta guerras, gobiernos autoritarios, las pruebas nucleares y el armamentismo. A su vez la industria  cinematográfica promovía la película  “Rebelde sin causa” con James Dean quien se presentaba como modelo a seguir de la juventud clasemediera. También en 1968 hubo movimientos estudiantiles en Francia, Italia, Argentina y en los Estados Unidos, sin olvidar la primavera de Praga en 1968, en la ya desaparecida Checoslovaquia.

En América Latina comienzan a aplicarse los preceptos doctrinales del Concilio Vaticano II y en Medellín, Colombia, los obispos latinoamericanos proponen la opción preferencial por los pobres que dan como consecuencia la teología de la liberación. Ellas además pugnaban por el rechazo de la llamada Teoría de la dependencia que veía a América Latina como incapaz de valerse por sí misma y como una proveedora eficaz de materias primas. Lo que hizo posible la aparición tanto de la filosofía como de la pedagogía de la liberación.

El año de 1968 fue cuando el mundo no aguantó más y explotó para reivindicar el establecimiento de un nuevo concepto de crecimiento y desarrollo. Ciertamente que entre 1948 y 1968 hubo procesos de estabilidad económica que dieron a muchas naciones la posiblidad de convertirse en potencias emergentes.

El mundo era el escenario de la llamada Guerra Fría y que en franco rechazo hacia ella, se  agitaban las conciencias, surgía el movimiento feminista, la lucha por la libertad sexual, negaban los convencionalismos sexuales y el racismo.

Se procuraba una reivindicación del individuo frente al estado y se criticaba el autoritarismo que venía controlando el mundo desde el fin de la primera guerra mundial.

¿Que querían los jóvenes de esa época? Una libertad individual en la organización del trabajo, el rechazo a las clases dominantes, conformada que la gerontocracia mundial encabezada por Lyndon B. Johnson y Charles De Gaulle diera paso a las nuevas generaciones, se buscaba la libertad en todo, defensa y respeto por las luchas sindicales y se criticaba el trabajo rutinario y alienante.

Pero sobre todo se buscaba un mundo más cargado de sentido y significado social. Los jóvenes de la época tenían simpatía por las guerras de liberación nacional, que en ese entonces sumaban 32 en diversos países del llamado tercer mundo.

Los jóvenes que habían nacido a fines de los 40 y principios de los 50, era una generación que sostenía que lo personal es lo político. A quienes  gustaban de escuchar la música de los The Doors y Jim Morrison y de Jimmy Hendrix  y otros más. A través de conciertos masivos se  enseñaban que la vida hay que vivirse plenamente. Por lo que muchos de ellos fumaban  marihuana y que consumían drogas como el LSD.

Se veía como ejemplo a seguir a la Revolución Cubana, a Carlos Marx, a los íconos de la Revolución de Octubre y a Mao Tse Tung en China y a Ho Chin Min en Vietnam. Se pensaba que la mejor opción para gobernar a lo pueblos era el marxismo. Por eso se pensó que muchos movimientos estudiantiles y guerrilleros eran auspiciados por el oro de la entonces URSS, la laboriosidad china y los encantos de la revolución cubana. Es cuando surge la llamada teoría de la Seguridad Nacional que advertía de fuerzas extrañas que querían desestabilizar a México. Muchas tesis provenían de las ideas de McLuhan y su concepto de aldea global y del libro “Los condenados de la tierra”. Eran aspectos que guiaban a una apología rebelde. Por ello relacionaban a los jóvenes y a la universidad con la rebeldía.

A inicios del año de 1968, estudiantes del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Nacional Autónoma de México se enfrascaron en un zafarrancho, como consecuencia de un enfrentamiento de futbol americano. La fuerza pública participó y se llevaron presos a muchos de  los estudiantes. El movimiento se salió gradualmente de control, especialmente cuando el ejército tomó instalaciones de varias universidades. Es cuando los jóvenes salen a las calles y convierten en barricadas los espacios públicos como plazas y universidades.  A punto de llegar el inicio de las Olimpiadas de 1968, se procedió a extinguir el movimiento en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. La parte oficial dice que hubo 28 muertos y 200 heridos y algunos desaparecidos. Aquí la Universidad de Nuevo León luchaba por la autonomía universitaria y de igual forma en el Tec de Monterrey se preparaba para una huelga estudiantil.
Con el correr del tiempo se han hecho comisiones especiales para deslindar responsabilidades y hasta se abrieron los archivos respectivos. En éstos cuarenta años nuestro país obviamente se ha transformado: dejó el modelo del crecimiento hacia dentro, por el de una economía de mercado. Ciertamente que abrió caminos y que el mundo que vivimos es más consciente pero más incierto. El 68 es considerado en el imaginario popular mexicano como un movimiento que buscaba la libertad humana. Es hora de reflexionar en torno a la verdadera paz, tranquilidad social y la libertad de todos. Pero aun es un tabú al cual se evita.



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