Profr. Benito López ValadezCorría el deportivo año de 1955, tan glorioso como ninguno, sin intención de ofender, cuando alegres una mañana, un puñado de jóvenes de la Escuela Secundaria Profr. “Antonio Solís” fundada en 1934, “la número uno” en aquel entonces, como diríase después de la década del setenta. (Ya que aparecieron en el ámbito educativo al fundarse las hermanas escuelas: Nocturna Profr. “Daniel Urencio Ramírez” en 1970, Técnica Agropecuaria #3 en 1971. La Sec. Gral. “Ignacio de Maya” No. 2, en 1974; la Sec. Profr. Miguel Guadiana Villarreal” No. 3, en 1975. La Secundaria “Leona Vicario” No. 4 en el año de 1957. Por último la Escuela Secundaria Federal No. 60 “Josefina Valadez Guerra” fundada en 1960).

Partieron alegres una mañana en los Autobuses Rojos, que por cierto costeaba el pasaje sencillo la módica cantidad de 3.95 pesos de los de antes, iban rumbo a la Capital del Estado a participar en uno de los eventos deportivos de Escuelas intersecundarias Foráneas Estatales. (Que por cierto se habían reanudado después de estar suspendidos por varios años). Los Sabinense se alzaron, con el triunfo, en forma por demás destacada, logrando el ansiado Campeonato en Femenil y Varonil, (al equipo varonil, sólo se le escapó una medalla de todas las otorgadas y todavía, después de 40 años de tal acontecimiento los corredores le dicen a Miguel Pérez Camacho:

-Atascado, sólo tú nos fallaste, ya que sacaste cuarto lugar en salto de longitud).

Se otorgaban medallas a los primeros 3 lugares de cada prueba de Atletismo. ¡Casi nada!.

Pero también se quiere destacar, que para algunos de los Sabinenses, era la primer visita que hacían a la Ciudad de Monterrey, Nuevo León. Al estar subiendo por la cuesta vieja, (que parece  víbora de cascabel, que serpentea en todas direcciones), en el último asiento del autobús, iban Carlos Viejo González y Jesús Mario Garza Garza “el amigo Mario”, éste al llegar a la parte más alta de la cuesta de Mamulique y que iba muy atento viendo el paisaje, preguntó a Carlos:

-Es la misma carretera por la que vamos a Monterrey. ¡Ni moda “el amigo Mario” la había regado!.

Pero aún  hay más, (esa noche 29 de abril de 1955), el Profr. Víctor Alejandro Méndez, tenía por costumbre, llegar al Hotel Bridges, edificio de dos plantas (para algunos Sabinenses eso era más que suficiente). Estaba por la calle Colón donde el frente al norte y por allí pasaban o pasaron algún día los tranvías, e infinidad de autobuses, camiones de pasajeros, automóviles, etc., a todas horas del día y del noche, el aludido “amigo Mario”, permaneció impasible toda la noche, sentado, recargado y aveces asido del barandal, de su pequeño balcón del segundo piso, ni los ruegos del Profr. Víctor, lo persuadieron de que fuera a dormir y a descansar, (bien podría aplicársele una parte del Corrido de Martina), y así amaneció, no importando un bledo, que al siguiente día había que competir. (El paisaje había que lograrlo, no faltaba más).

También el Porfr. Víctor, acostumbraba llevar a los muchachos a comer al Café Flores, a espaldas o a un costado de la Presidencia Municipal de Monterrey y en la ocasión que nos ocupa los atletas: Carlos Viejo González, Rubén Eugenio Solís Montemayor, Miguel Garza Durán, Manuel Carrillo Santillán, Mario Guzmán González, Porfirio Ibarra Garza, Héctor Benito Ríos Flores, Jesús Mario Garza Garza, Claudio Treviño Morales, Javier Garza Rincón, Adolfo Viejo González, Manuel Pérez Camacho, Luis Lauro Alanís, Benito López Valadez y otros, que escapan a la incipiente memoria, le encargó al mesero de dicho Café, que le sirviera un jugo de naranja y 3 piezas de pan tostado con mantequilla y mermelada de fresa para desayunar a cada corredor.

Ausentóse el Profr. Víctor y mientras tanto, el mesero colocó en el centro de la mesa una canasta de pan francés e inmediatamente, como la traían “brava”, un comensal tomó un pan, otro tomó otro y así sucesivamente. A la hora de pagar la cuenta, que gentilmente pidiera el Profr. Víctor éste pregunta asombrado al mesero: ¿Qué por eran 39.00 pesos? de los viejos, a lo que el mesero contestó inmediatamente:

- Los muchachos se comieron una canasta de pan blanco y ésa es la diferencia de la multiplicada cuenta. La risa acompañaría posteriormente a la muchachada por muchos años después. Todavía parece que se oye el jolgorio que armaron.



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